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¿Dónde nos vamos? Menorca ida y vuelta

Menorca, por su tamaño y esa alta densidad de encanto por kilómetro, es un destino perfecto para una escapada de fin de semana. Estas son algunas de las muchas sugerencias posibles para un viaje relámpago. 48 horas para disfrutar de Menorca ida y vuelta. ¡Un placentero reto!

Muchos son, en efecto, los atractivos de una isla como Menorca. Para empezar, bien está recomendar una serie de lugares paradisíacos donde se hace necesario parar al menos un buen rato.

Si algo caracteriza a Menorca son sus calas de agua cristalina y arena blanca. Pudiendo elegir solo una, hay que quedarse con Cala Macarella. Situada en el sur de la isla, ofrece agua turquesa, pequeños acantilados de roca caliza y un denso pinar a su lado. Pisándole los talones están Cala Turqueta, Cala Morell, Cala Pregonda o Cala Galdana.

También son emblemas de Menorca sus siete faros. El más espectacular es sin duda el de Favaritx. Construido en 1922 en medio de un remoto paisaje lunar increíblemente fotogénico y donde azota la Tramuntana, se caracteriza por una franja negra que recorre todo el faro. Los faros de Cavalleria y Punta Nati, por mencionar solo dos, son famosos por la belleza de sus ocasos.

Del mar a la montaña. Es indispensable reservar un par de horas para subir al punto más alto de la isla: el Monte Toro. Desde la cima (358 metros) se divisa el perímetro completo de Menorca e incluso, en días despejados, se alcanza a otear Mallorca. Además se encuentra allí el Santuario de la Virgen del Toro, la patrona menorquina. Por no hablar de uno de los atardeceres más impresionantes de la isla. Muy cerca, un pueblo con mucho encanto: Mercadal.

Ya que hablamos de puestas de sol, hay que mencionar la Cova d’en Xoroi, situada en Cala en Porter, Alaior. Si queréis visitar Menorca ida y vuelta, es imprescindible acercarse a este bar-discoteca excavado en la roca, en el que tomar un aperitivo, contemplar la caída del sol, o disfrutar de una copa y un concierto por la noche con las mejores vistas del Mediterráneo de las Baleares.

Si hay que elegir una sola localidad en la que detenerse, que sea Binibeca Vell: un laberinto de callejuelas y casas de blanco inmaculado construido en los años 60 a imagen y semejanza de un pueblecito pesquero. Pero ojo, que no es, ni mucho menos, el único pueblo bonito de la isla.

Por último, es obligado acercarse al parque natural de S’albufera des Grau. Un punto clave de esa Reserva de la Biosfera que es Menorca. 5000 hectáreas de humedales, dunas, bosques de acebuches, estanques o islotes costeros.

Al margen de los lugares más idílicos, no podemos dejar de visitar sus dos principales localidades. Empezando por Ciutadella (o Ciudadela): el castillo de San Nicolau o la catedral de Santa María para alegrarse la vista; el Mercat des Peix y restaurantes como Mon o S’amarador para darse un homenaje gastronómico. También merece un buen paseo la capital de Menorca, Mahón, que atesora uno de los puertos naturales más grandes del planeta y encantos como la fortaleza de Isabel II, el castillo de San Felipe o el Museo de Menorca. Además de dos delicatessen internacionales: la mahonesa y el delicioso queso que lleva su nombre.

Hablando de comer, es absolutamente imperdonable abandonar Menorca sin degustar una caldereta de langosta en la mejor tradición de la isla. Un plato deliciosamente mediterráneo que alcanza aquí alturas de auténtico manjar. Especialmente en la localidad de Fornells, tierra prometida de la caldereta menorquina que merece además una visita por su encanto. Especialmente sabrosa se antoja la de Sa Llagosta, casa marinera con vistas al mar que regenta David Coca. La más tradicional se encuentra en Es Cranc, uno de los restaurantes icónicos de la isla. Tercera opción en Fornells, con vivero propio y pequeña y coqueta terraza en el puerto: Es Port.

Si se quiere profundizar en la gastronomía menorquina, se deben probar la perdiz con col, la oliaigua, el perol menorquín, al arroz de la tierra, la raya al horno… o dulces tradicionales como los pastissets, los crespells o los cuscussós.

Para descansar a gusto de tanto ajetreo, Ferrer Hotels ofrece en Ciutadella el Aparthotel Ferrer Skyline. Un complejo turístico al borde del mar que sirve como perfecto punto de partida en pos de descubrir Menorca ida y vuelta… o con más calma, claro.

 

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